12 jun. 2010

Siempre la misma rutina. Siempre. Y cuando llega el fin de semana crees, inútilmente, que podrás descargar estrés de estudios y de todo en general; pero no.
Al salir de casa para pasártelo bien y divertirte, te das cuenta de que el cielo está negro, anunciando lluvia; y, a pesar de ello, las gotitas de lluvia que se escapan de vez en cuando, no te desagradan.
Te encuentras, al llegar a Segovia, que no eres el primero en llegar. Impresionante. Son casi las siete de la tarde.
Cuando, finalmente, nos juntamos todos, recuerdas que, alrededor de las nueve de la noche, tienes que asistir a un Telepizza, para no quedar mal delante del chico del cumpleaños (a pesar de no tener ganas de nada).
Terminamos de cenar allí, y son alrededor de las diez de la noche, y como de costumbre, decidimos ir al bar de siempre, que únicamente me gusta cuando tengo tiempo para estar en él. En lo que hemos llegado, y cuarto. Perfecto. En menos de media hora me tengo que ir.
Transcurre esa media hora, y todos han pedido sus ''minis'' de sangría que tanto adoro, y sin embargo, me tengo que contentar con dar un sorbo a alguno que me ofrezcan. Salgo.
No llueve; de momento. La acompaño a la parada, y después de un rato, extraño, hablando, coge su autobús, y yo, como siempre, voy al mío; son las once de la noche, y me resulta penoso descubrir que dos chicas conocidas habían quedado cuando yo volvía a casa. Repito: penoso.

El conductor llega tarde; ¡qué raro! Y justamente, en ese mismo instante, empiezan a diluviar. Estoy en medio de un sitio en el que no hay dónde cobijarse, hasta que veo unos quioscos con tejadillo, y corriendo, empapado ya, me dirijo a ellos. Sorpresa: los tejadillos eran rejas por los que, obviamente, pasaba el agua. Finalmente, encuentro una esquinita que no lo deja pasar, y ahí me quedo hasta que, después de parar de llover y volver a diluviar, veo aparecer al conductor del autobús.
Nada más entrar, después de empaparme esperando a que entrara la gente que iba delante de mi, me encuentro con que me toca, otra vez, aguantar a una chica de mi edad que ha tenido tiempo para emborracharse; ¡qué envidia!
Cuando me bajo del autobús, sigue diluviando, incluso más.
Entro a casa, chorreando, y recibo la primera alegría del día: mi gato de mes y medio me recibe cariñosamente; no le puedo tocar, ni coger porque estoy empapado. Genial.
Miro la tele, sin verla, porque lo único que quiero es meterme en la cama, aunque no vaya a dormir.
Después de conectarme, que de poco me sirvió, me voy a la cama.
Mañana será mejor, sobre todo estudiando física.


Aún guardo esperanzas de que el fin de semana que viene sea mejor: tendremos la cena de fin de curso. Podré desmadrarme, aunque solo sea hasta las dos y media de la madrugada; con eso me basta.

3 comentarios:

  1. Me encanta el texto!
    estaba acostumbrada a blogs solamente de chicas esta bien que los chicos tengais tambien
    por asturias esta el tiempo igual, de perros
    te sigo vale? unbesazo

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  2. Me encanta el blog, te sigo si no es molestia :D!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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